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El fantasma de la represión militar.
Feliz Azúa tiene claro que los porcentajes mayoritarios tanto de la población vasca como catalana se sienten españoles y que una perspectiva soberanista no se abriría camino sin derramamiento de sangre. Cita la separación de Slovakia y Chequia que se hizo pacíficamente pero también la de Croacia y Serbia que se hizo violentamente.
Constatamos que son cada vez más las voces de renombre que acuden al fantasma de la violencia ante la perspectiva de posibles procesos de separación nacional. La historia reciente de los Balcanes nos lo recuerda. Las dos referencias son un contrasentido que la categoría de su autor no resuelve. Nos dice: cuidado el soberanismo se puede pagar con matanzas.
Si es una mayoría (Azua da por validos los sondeos de opinión como si de los resultados de unas urnas se tratara) la que quiere continuar unida en las condiciones actuales al resto de España es difícil que una minoría nacionalista imponga la independencia; con lo cual si fuera el caso de minorías las independentistas, los referéndums las aislaría todavía mas y condenaría al ostracismo para algunas décadas. Puestos a desempolvar el fantasma de la violencia que se tenga el valor intelectual también de nombrar a la bicha y el foco reactivo de una posible represión militar, eso no dejaría su artículo en pseudoanalítico. No dudamos que los cuarteles, si sus miles de soldados no rompen su promesa de obediencia incondicional, se pueden movilizar en un momento dado para impedir las aspiraciones de autodeterminación, pero eso recolocaría al estado español y su centralismo en lo que no dudamos que pueda ser, una democracia a medias con la faz tirana de reserva.
El otro argumento que emplea, el de los 400 o 500 años de la pretendida unidad de España, es un recurso argumental poco potente. Medio milenio de errores no es una defensa convincente para subscribir el siguiente.
No queremos la violencia para eso se ha inventado la Razón, pero nadie duda que la violencia no se limita a la de los disparos o a la autodefensa en contra de ellos, viene ejerciéndose desde el momento en que se humilla constantemente la libre expresión de catalanes o vascos y otros pueblos por su lengua y por sus instituciones. La violencia es latente, otro asunto son sus diversas formas agresivas: desde las de las palabras hasta el despliegue de carros blindados. Desde otros puntos de vista percibimos otros porcentajes. Las urnas de los referéndums –si se nos deja- nos confirmarán o no la perspectiva.
Llegado el momento de una represión militar no es cuestión de dejarse matar por las llamadas convicciones políticas. Muchos de mi generación no tendríamos alma de francotiradores para disparar a todo traje caqui o de escaqueo en movimiento –no porque no se lo mereciera sino porque en las guerras pierden todos los bandos- y podríamos asumir perfectamente el resto de nuestras vidas sin ver resueltas las aspiraciones nacionales básicas de nuestros pueblos. La heroicidad no es una buena apuesta pero la sumisión tampoco nos ha rendido. Es hora de abrir un nuevo capítulo de debate y decir las cosas por su nombre. Si la hipótesis de la violencia en contra de la libre autodeterminación se ejerce no será de parte de los soberanistas que se desee sino de los españolistas que no conciben vivir fuera de la trinitaria devoción a la mentira de la una-grande-y-libre que tiene su correlato con otra gran mentira: la de la santísima trinidad del padre-hijo-espíritu santo. Si este galimatías nunca lo han entendido otros movimientos cristianos y espirituales no vaticanistas, el otro seguimos sin entenderlo los hijos de una Hispania periférica que se nos ha hecho comulgar con ruedas de molino.
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