Marzo del 2009

Un mal día

Por Noé Candor - 29 de Marzo, 2009, 14:19, Categoría: Notas de Campo

Estaciono el auto justo delante de las puertas de teatro, el Sant Andreu Teatre, una media hora antes de la función. Mi acompañante se desplaza con  bastones debido a su polio y no es cuestión de que haga pasos extras. La calle  es trecha, ya la conozco de otras ocasiones y de haber hecho esta misma operación. Es la calle Neopátria uno de los nombres más bonitos del callejero barcelonés. E esta ocasión está en obras. En realidad a su entrada había una valla de metal retirada y un disco de prohibido el paso pero que nadie cumple. Puesto que el tiempo necesario para salir del coche es considerable lo monto un poco  sobre la acera aun por terminar para facilitar el paso de otros vehículos. Es una deferencia que pagaré cara cinco minutos después. Yo ya sabía que eso no hay que hacerlo cuando no se tiene la seguridad del estado del firme. Cuando mi compañera está ya fuera lo pongo en marcha  con la intención de buscar un aparcamiento. A los 10 metros, en la esquina contigua, el encargado de puertas del teatro me advierte que acabo de pinchar. Lo dejo estacionado ahí mismo en la esquina dejando para luego la substitución de la rueda. Está lloviendo y confío en que un par de horas después podré hacer el cambio en mejores condiciones. Me  limito a sacar la rueda de recambio de su ubicación bajo el chasis  y dejarla en espera en el portaequipajes.

Esperamos un rato los pocos espectadores dispuestos a seguir la función. No se permite la entrada con los paraguas, para lo que hay habilitado un deja paraguas. Ahí pongo el mío, como es pequeño queda en el fondo. No estoy seguro de esta acción. En realidad me arrepiento de haberlo hecho, tampoco estaba tan mojado como para no llevarlo conmigo. Observo que un hombre mayor sentado en una butaca próxima, con más veteranía que yo en estos detalles, ha metido el suyo y lo encaja cuidadosamente en su funda. A la salida recojo mi paraguas, es el último metido dentro del cilindro de metal. Todavía llueve, al desplegarlo no puedo, una de sus varillas ha sido partida por otro espectador que ha embutido su paraguas dentro del mío rompiéndole. Maldigo mi suerte. Tiro el paraguas y cambio la rueda aunque sigue lloviznando. La de recambio está muy deshinchada. Por un momento pienso que el último usuario la guardó pinchada. El último usuario fue un cuñado o sus vástagos, al que le depositamos el coche en custodia por un año. Lo menciono y lo maldigo por anticipado por si efectivamente guardó una rueda pinchada y se olvidó cambiarla. (¡malditos cuñados!). Observo el vehículo mientras rueda un poco y parece que solo está con muy baja presión. En efecto en la siguiente gasolinera le pongo el kilo y medio de presión de mas que le falta y asunto, en principio, resuelto. En la acera de neopátria el objeto que ha ocasionado el reventón probablemente, más que el pinchazo ha sido el canto de metal de la tira de zócalo que encaja las losas del suelo. Al menos durante el rato de la función he hecho de espectador y me he separado de las adversidades de afuera.

La  asistencia al espectáculo además del rato de entretenimiento me ha proporcionado dos lecciones: no volver a meter las ruedas de mi coche en firme inseguro por mucho que bloquee el paso a los de atrás y no volver a dejar mi paraguas en un paragüero compartido, algo de lo que ya tenía reservas por haber sufrido el cambiazo y quedarme con uno peor al mío, según creo recordar.  Las dos lecciones remiten a un troco común: relativizar la  importancia de la deferencia cuando el riesgo que se corre es probabilísticamente demostrable. Ese paraguas era la primera vez que lo usaba y una rueda pinchada por deferencia no es la primera vez que me ocurre. En otra ocasión en la Gran Vía de la misma ciudad con la misma acompañante  para no perturbar el paso al autobús de línea subí el mismo coche a la acera la cual esta bordeada con un canto muy afilado. Reventé y tuve que cambiar toda la rueda. Una pasta. Evidentemente la lección de entonces no la aprendí lo suficiente. Pregunta ¿Quién es antes, la gente o el coche propio? Respuesta: por supuesto el coche. La deferencia como prioritario no se suele traducir luego en una alta cuota de  solidaridad activa cuando la necesitas. Todo el mundo puede esperar 3 o 5 minutos incluso y emplear la espera para meditar o gozar de la escena. Por cierto puede emplear el tiempo de meditación en considerar porque razón no hay parkings  reservados para minus e las proximidades de espacios culturales o públicos que son o deberían ser los primeros interesados en facilitar el acceso de todo tipo de personas, incluidas las que tienen dificultades de movilidad.

Hay una tercera lección oculta. No existen los malos días, existen los malos planteamientos que los desmontan convirtiéndolos en cubículos de experiencias desagradables que te puedes evitar.

Me apunto todo eso en la agenda mental para no olvidarlo en siguientes ocasiones. No volveré a meter las ruedas de mi coche en suelos peligrosos, no volveré a meter mis paraguas en paragüeros peligrosos, no volveré a dejar mi coche a cuñados descuidados, no volveré a meterme en una calle en obras con un prohibido pasar que tiene toda la lógica de  ser ordenado. No tengo responsable al que criticar. Bajo mi responsabilidad tengo que conseguir otro paraguas y tendremos que pagar por una rueda un coste bastante más elevado que el precio de la taquilla por el espectáculo que fuimos a ver. Paradojas existenciales.

En las observaciones detallescas descubro de mi mismo tal vez mas incongruencias que en el discurso megateórico. Como no puedo ser espíritu puro alejándome de las materialidades seguiré usando coches y viendo interrumpidos mis trayectos por calles cortadas. El mejor paraguas para enfrentar esas eventualidades es el de tener unos buenos criterios. El otro paraguas, podrá esperar. De hecho nunca he sido un buen usuario de paraguas. Para saber ir por la vida con un paraguas hay que ser británico y yo he tenido otras suertes sin ser educado en nieblas y humedades.

El tabú del incesto

Por WalkiriaSumionda - 3 de Marzo, 2009, 18:03, Categoría: Acuse de Recibo

En la Vanguardia del 12X05  Silvia Barnett  elige “he leído lo que te hace tu padre”  por titular de una noticia sobre violación presunta: el caso de un padre que presuntamente por 4 años fue a la habitación de su hija desde sus 12 a 16 de edad para hacerle entre 60 y 80 tocamientos, incluyendo una  tentativa de penetración con un consolador.  El hombre  fue denunciado por su esposa y madre de la pequeña y el fiscal pide 16 años para el acusado. Los temas de violación o presunta violación generan más morbo que la violación misma. Leída con lupa la noticia párrafo a párrafo resulta que todos ellos están dedicados a lo que dicen unos y otros y no da referencia a ninguna demostración. Es la palabra de la chica contra la de su padre y al revés. La chica tiene dos aliados, su madre, conviviente del denunciado y su amigo  conocido por chats de internet, el cual le escribió una carta, espiada por la madre, que fue la que levantó la liebre. Son dos personas que se basan por efecto de simpatía encadenada con la versión de la niña. Puede mentir o no. No lo sé. En todo caso la justicia se distingue por el hecho de conocer la presunción de inocencia mientras no se demuestre lo contrario. Evidentemente creer eso es  artículo de fe. En la práctica se juzga y condena constantemente sin pruebas. Y la impronta de los jueces los convierte en adivinos de no más categoría que los echadores callejeros de cartas con mesita y taburete. Es posible que el hombre hiciera esos tocamientos. Leer cuentos o explicar relatos a nuestros hijos mientras les acariciamos el pelo también son tocamientos. Rascar la espalda no lo es menos. Puesto que el contacto epidérmico más ordinario y la sensorialidad más básica corren el riesgo de ser criminalizadas los padres tendrán que acceder a su paternidad con el código penal bajo el brazo. La sociedad ha olvidado que el despertar de la sexualidad no empieza con la mayoría de edad legal. El placer genital empieza prematuramente en la primera infancia.

El caso que nos ocupa por sí mismo es dudoso. El perfil del violador no es el que mantiene una relación de nutrida  exlcusivamente de caricias. Es el despiadado que fuerza, golpea y penetra, incluso desgarrándolo, a otro que no quiere y con furia e insistencia y repetición para satisfacer su demanda sexual. La  pubertad es la edad del cuerpo en transformación que despierta la curiosidad del mismo sujeto y de los adultos que le rodean. Una chica a los 12 años es una media mujer que levanta miradas. La Lolita de Nabokov de la década de los 50  describe una relación de mando de la niña frente al adulto del que se enamora de ella. El terror cultural al incesto viene determinado por un atávico proceso contra las relaciones endogámicas por la gestación de monstruosidades biológicas. La sociedad tendrá que revisar algún día u otro este tema y repensar la introducción sexual de sus hijos a manos de sus padres, es decir de sus adultos más inmediatos, masculinos y femeninos. La hipocresía social  se viene haciendo la progresista al pensar que los temas sexuales han dejado de ser proscritos por poderlos hablar abiertamente en espectáculos, en la escuela y en casa, pero el tabú pervive tan intenso como en otras épocas de oscurantismo.  Los padres suelen cerrar la puerta de los cuartos de baño cuando se duchan y los preadolescentes suelen avergonzarse de sus anatomías desnudas a partir de experimentar cambios fisiológicos y hormonales. El peso de la vergüenza se combina con una actitud de rechazo a compartir ciertos hallazgos corporales.

Supongamos -repito supongamos- que ese padre, con la vida  a estas alturas ya estigmatizada por le proceso judicial en el que es culpable se demuestre o no lo hecho (difícil por otro lado hacerlo sin pruebas de semen en la vagina de la niña), lo único que ha hecho ha sido caricias asexuales y tan solo la fecunda imaginación de la niña ha puesto el resto. Quizás el fiscal que le pide una barbaridad de años (muchos más que los solicitados por asesinato injusto como el crimen más execrable) reconocería  que la situación se presta a la duda, y que tanto la niña afectada como el padre corruptor deberían beneficiarse de ella. La una por mantener en callado algo  tan traumático para ella por tanto tiempo si así lo era y el otro por ser acusado a partir de una confidencia que puede ser perfectamente una invención hábilmente explotada por la madre (la esposa conviviente) que en una nueva versión de Mia Farrow en todo su mezquino affaire con el cineasta W Allen al que el sistema no le pidió perdón pro ser acusado por la paranoia de Mía,  da por válida la confidencia ante la conjetura de ella en lugar de preguntar al denunciado.  El mismo enunciado periodístico es ya de una lesividad enorme. Un hombre juzgado por violar, es una oración que presupone que tal violación ha existido. ¿Qué diría la periodista que lo ha escrito  si estuviera ella referida en las mismas páginas que escribe por algo similar basado tan solo en la denuncia de aun niño de su barrio en su contra por tenerle tirria por otra razón? S. Barnett es un buen pretexto para explorar un modo de hacer periodismo que lejos de sanar las relaciones humanas y dignificar la comunicación mediática, echa fuego a aquella y deslegitima ésta.

Necesitamos saber cosas, no perder el tiempo en transmisión de conjeturas y en titulares sensacionalistas.  Tal como se han puesto las cosas en este país. Basta que hoy en día una mujer diga algo en contra de un hombre para que su palabra vaya a misa y él a la cárcel. Asistir a la abundante casuística pone los pelos de punta aún más que los peores relatos de Lovecraft no ya por la capacidad sanguinaria de convivientes entre ellos sino por la incapacidad del sistema en hacer indagaciones verosímiles de lo sucedido.  La ley de violencia de género es  discriminatoria en relación al hombre y bondadosa en relación a la mujer. Dentro de un tiempo cuando el estado se haya dado cuenta de la cantidad de vidas que ha contribuido a destrozar, de lo cual no nos cabe ninguna duda que lo está haciendo, frenará su  actitud a la vista de una estadística aplastante de jurisprudencia negligente e ilegal. Mientras tanto contribuirá a una sociedad policial en la que los hijos denuncian a los padres y las mujeres utilizan desavenencias conyugales o diferencias de criterio para denunciar a sus cónyuges y sacarles una buena tajada. ¿Es que alguien duda a estas alturas que uno de los negocios más rentables de hoy en día es casarse con un tonto que ponga el patrimonio para luego echarle de casa aludiendo malos tratos?

La relación sexual entre un adulto y un joven tiende a ser mal vista en cualquier situación. La sociedad no perdona ver a señoronas con chicos jóvenes  (¿cómo admitirla en Marguerite Yourcenar  con su amigo de unos 40 años menor que ella viajando cuando ella era anciana u otras relaciones bipersonales que se han zafado del superego social investido de docta moral y desprovisto de la menor ética?). En este caso se hablará de una lady y un gigolo al que le paga por los favores de su juventud. En el caso inverso una chica con un hombre mayor se hablará de perversión de este en contra de aquella.

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