Estaciono el auto justo delante de las puertas de teatro, el Sant Andreu Teatre, una media hora antes de la función. Mi acompañante se desplaza con bastones debido a su polio y no es cuestión de que haga pasos extras. La calle es trecha, ya la conozco de otras ocasiones y de haber hecho esta misma operación. Es la calle Neopátria uno de los nombres más bonitos del callejero barcelonés. E esta ocasión está en obras. En realidad a su entrada había una valla de metal retirada y un disco de prohibido el paso pero que nadie cumple. Puesto que el tiempo necesario para salir del coche es considerable lo monto un poco sobre la acera aun por terminar para facilitar el paso de otros vehículos. Es una deferencia que pagaré cara cinco minutos después. Yo ya sabía que eso no hay que hacerlo cuando no se tiene la seguridad del estado del firme. Cuando mi compañera está ya fuera lo pongo en marcha con la intención de buscar un aparcamiento. A los 10 metros, en la esquina contigua, el encargado de puertas del teatro me advierte que acabo de pinchar. Lo dejo estacionado ahí mismo en la esquina dejando para luego la substitución de la rueda. Está lloviendo y confío en que un par de horas después podré hacer el cambio en mejores condiciones. Me limito a sacar la rueda de recambio de su ubicación bajo el chasis y dejarla en espera en el portaequipajes.
Esperamos un rato los pocos espectadores dispuestos a seguir la función. No se permite la entrada con los paraguas, para lo que hay habilitado un deja paraguas. Ahí pongo el mío, como es pequeño queda en el fondo. No estoy seguro de esta acción. En realidad me arrepiento de haberlo hecho, tampoco estaba tan mojado como para no llevarlo conmigo. Observo que un hombre mayor sentado en una butaca próxima, con más veteranía que yo en estos detalles, ha metido el suyo y lo encaja cuidadosamente en su funda. A la salida recojo mi paraguas, es el último metido dentro del cilindro de metal. Todavía llueve, al desplegarlo no puedo, una de sus varillas ha sido partida por otro espectador que ha embutido su paraguas dentro del mío rompiéndole. Maldigo mi suerte. Tiro el paraguas y cambio la rueda aunque sigue lloviznando. La de recambio está muy deshinchada. Por un momento pienso que el último usuario la guardó pinchada. El último usuario fue un cuñado o sus vástagos, al que le depositamos el coche en custodia por un año. Lo menciono y lo maldigo por anticipado por si efectivamente guardó una rueda pinchada y se olvidó cambiarla. (¡malditos cuñados!). Observo el vehículo mientras rueda un poco y parece que solo está con muy baja presión. En efecto en la siguiente gasolinera le pongo el kilo y medio de presión de mas que le falta y asunto, en principio, resuelto. En la acera de neopátria el objeto que ha ocasionado el reventón probablemente, más que el pinchazo ha sido el canto de metal de la tira de zócalo que encaja las losas del suelo. Al menos durante el rato de la función he hecho de espectador y me he separado de las adversidades de afuera.
La asistencia al espectáculo además del rato de entretenimiento me ha proporcionado dos lecciones: no volver a meter las ruedas de mi coche en firme inseguro por mucho que bloquee el paso a los de atrás y no volver a dejar mi paraguas en un paragüero compartido, algo de lo que ya tenía reservas por haber sufrido el cambiazo y quedarme con uno peor al mío, según creo recordar. Las dos lecciones remiten a un troco común: relativizar la importancia de la deferencia cuando el riesgo que se corre es probabilísticamente demostrable. Ese paraguas era la primera vez que lo usaba y una rueda pinchada por deferencia no es la primera vez que me ocurre. En otra ocasión en la Gran Vía de la misma ciudad con la misma acompañante para no perturbar el paso al autobús de línea subí el mismo coche a la acera la cual esta bordeada con un canto muy afilado. Reventé y tuve que cambiar toda la rueda. Una pasta. Evidentemente la lección de entonces no la aprendí lo suficiente. Pregunta ¿Quién es antes, la gente o el coche propio? Respuesta: por supuesto el coche. La deferencia como prioritario no se suele traducir luego en una alta cuota de solidaridad activa cuando la necesitas. Todo el mundo puede esperar 3 o 5 minutos incluso y emplear la espera para meditar o gozar de la escena. Por cierto puede emplear el tiempo de meditación en considerar porque razón no hay parkings reservados para minus e las proximidades de espacios culturales o públicos que son o deberían ser los primeros interesados en facilitar el acceso de todo tipo de personas, incluidas las que tienen dificultades de movilidad.
Hay una tercera lección oculta. No existen los malos días, existen los malos planteamientos que los desmontan convirtiéndolos en cubículos de experiencias desagradables que te puedes evitar.
Me apunto todo eso en la agenda mental para no olvidarlo en siguientes ocasiones. No volveré a meter las ruedas de mi coche en suelos peligrosos, no volveré a meter mis paraguas en paragüeros peligrosos, no volveré a dejar mi coche a cuñados descuidados, no volveré a meterme en una calle en obras con un prohibido pasar que tiene toda la lógica de ser ordenado. No tengo responsable al que criticar. Bajo mi responsabilidad tengo que conseguir otro paraguas y tendremos que pagar por una rueda un coste bastante más elevado que el precio de la taquilla por el espectáculo que fuimos a ver. Paradojas existenciales.
En las observaciones detallescas descubro de mi mismo tal vez mas incongruencias que en el discurso megateórico. Como no puedo ser espíritu puro alejándome de las materialidades seguiré usando coches y viendo interrumpidos mis trayectos por calles cortadas. El mejor paraguas para enfrentar esas eventualidades es el de tener unos buenos criterios. El otro paraguas, podrá esperar. De hecho nunca he sido un buen usuario de paraguas. Para saber ir por la vida con un paraguas hay que ser británico y yo he tenido otras suertes sin ser educado en nieblas y humedades.