Fresa y Chocolate.

Por JesRICART - 13 de Diciembre, 2009, 12:20, Categoría: Escénica

La revolución pendiente de las mentalidades.

En Fresa y chocolate, la película de Tomás Gutiérrez Altea y Juan Carlos Tabio, con un guión de Senel Paz, habla de la Habana de principios de los 90 en una Cuba castrista con todos los tópicos de la revolución aun pendientes de revisión. Es la historia de una relación personal sentimental que gira en torno a tres personajes: un universitario hijo de una familia pobre que es militante convencido del comunismo, un homosexual amante de la exquisitez que trata de seducirlo, y una amiga de este y vecina.  El convencido tiene unas ideas muy simples sobre lo que es la sociedad. La perorata de Fidel escrita  en el vestíbulo de una gran casa compartida en la que vive con las paredes descascarilladas es un detalle, la consigna de el hombre nuevo de Guevara, otro. Cuando el muchacho es invitado por el gay a su casa  se muestra inseguro y desconfiado. Poco a poco sus visitas van en aumento hasta el punto que él trae sus estandartes, cuelga una foto de la figura del che y la banderita del país.

En un principio el estudiante va allí para espiar al homosexual por encargo de otro compañero de universidad que es quien tiene el contacto con otro nivel de jefatura dentro del partido. Se parte de la idea de que un homosexual ha de ser por definición contrarrevolucionario. La homosexualidad tiene una larga trayectoria de persecución y represión en casi todos los países sin que no se razones los verdaderos, motivos de la exclusión que se la hace. Lo que no puede soportar un estado, en particular las dictaduras monocolores, es que la sociedad pueda gozar por su cuenta y a su manera sin pedir permiso a nadie y sin tener que pagar impuestos por sus goces. Para la Cuba monolítica de después de 1959, como si no hubieran pasado las décadas, no se entiende que una parte de la población no viva los fetichismos del estado mayor como propios.

El gay de la película presenta la exquisitez: escucha en el reproductor musical a María Callas y bebe Johny Walker. Poco a poco el estudiante va saliendo de su ingenuidad y contactando con el lado humano de la historia librado de los prejuicios. Lo que nace entre los dos hombres es una amistad, hasta el punto que el homo le pide a su vecina y amiga, una personalidad emocionalmente  inestable y depresiva, con 5 tentativas de suicidio en su haber, a que introduzca al chico a la sexualidad ya que es virgen. Ese militante ha sido despechado por su novia que ha elegido a otro hombre para casarse y con la que no llegaron a tener relaciones sexuales completas a pesar de haber buscado una habitación alquilada para eso. Esa no relación con ella y ser abandonado lo han marcado profundamente. Al empezar la historia sexual con la vecina del gay que con este le presentan otro mundo distinto, el de la realidad de la calle (se dedican al estraperlo y acumulan dólares americanos), se le empieza a caer el esquema tan rígido del castrismo.

La diferencia de comportamiento del militante lo nota su compañero de universidad y compañero de habitación. Cuando este va hasta la casa donde vive el gay y encuentra al militante con dos ramos de flores, uno para su amante y otro para él, juzga la situación como que también es homosexual. La oportunidad para hablar de ello no es empleada para hacerlo. Lo homosexual es un tabú. Pero también lo es el conjunto de la sexualidad. La sociedad no ha resuelto cosas elementales en una época histórica y en una latitud geográfica rebosante de sexualidad, por lo que hace a la juventud. Se trata de una contradicción ideológica pero también caribeña. Cuando por la calle pasa una pareja anónima y el hombre le mira al culo a otra mujer despampanante, su acompañante femenina le hace un ademan de pegarle para que no la mire. Revolución política sí que la hubo (es decir,  el paso del poder unas manos a otras), revolución social e ideológica, no. Todo lo contrario, el eco de que  los nuevos credos de estado dogmatizan las relaciones cotidianas suenan como telón de fondo. Los pocos planos de exteriores dan cuenta de una sociedad ociosa. Esta es una historia de interiores. El gay quiere ayudar a un amigo suyo con una exposición de arte en la embajada. Finalmente eso no se concreta. Protesta por escrito lo cual genera nuevas represalias en su contra. Eso le cuesta una expulsión del país. El chico joven se resiste a aceptar que las cosas de la realidad funcionen así.

El gay de la historia no trata de convencer. Bastante tiene en mantenerse al margen de la idiocia colectiva. Resume el cuadro del perseguido, del espiado, del amonestado. No participa de las guardias, no cree en la idea colectiva del enemigo a 90 millas de distancia.

El argumento evoca parcialmente la historia de El beso de la mujer araña de Manuel Puig donde también hay una relación entre un gay y un militante revolucionario ambos compartiendo una celda, el uno por razones de exclusión social y el otro por represión política de sus ideas. El gay lo cuida y le cura sus heridas por las torturas recibidas del otro y le cuenta una  fantasía con la que sobrevive a tantos días de dolor y de oscuridad. Aquí hay una actitud de solidaridad humana básica sin formación política alguna; en Fresa y Chocolate la dulzura en el trato con alguien que viene con las ideas del poder a las que se rinde, por el hecho de tener universidad gratis y sin ver más allá de sus narices, indica que la revolución está al lado de la innovación y esta de quien no renuncia a su vida a pesar de un estado represor que le impida sus elecciones de placer y de pensamiento. La historia, sencilla y ordinaria en sí misma, enseña que la revolución no está en los eslóganes ni el culto al personalismo de los hombres de estado sino en la humanidad en construir nuevas formas de ser. Cuba nunca ha construido un hombre nuevo de acuerdo con el deseo guevariano ni ha creado las condiciones para ello. En vez de eso ha contribuido a una sociedad retrasada en la que solo se deja que prevalezcan los adeptos, una sociedad de chismorreos y espionajes. Una sociedad en la que hay que vigilar que las puertas estén cerradas para que los vecinos inmediatos no se chiven.

El gay se hace mal ver por su forma delicada de ser, por no participar en las guardias de calle o de edificio, por vivir su vida sin hacer daño a nadie y sufriendo por los daños de marginación que le infringen. A la vez muestra su deseo por la cultura, consigue libros y autores que no son de circulación oficial  como uno de Vargas Llosa. Le gusta la cultura como goce pero también como responsabilidad tal como pertinentemente señala Jesús Díaz. El gay del argumento sufre más por su condición homosexual que otros de su misma inclinación sexual que viven en otros países de cuño capitalista donde la legislación ha avanzado algo para descriminalizar esa inclinación y protegerla en alguna medida.

 

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